Una columna de Ramona Blanco García Wolff
Aguanta. No te rindas. Sigue intentándolo. No pierdas de vista tu objetivo.
¿Cuántas veces hemos oído eso? Yo, incontables: en cursos, en libros y en postales con una puesta de sol. Nadie me dijo nunca que también podía renunciar a un objetivo si el camino para alcanzarlo me iba dejando sin fuerzas.
Hace unos días grabé un episodio del pódcast con Stefanie. Hablamos del control, de la perfección y de lo tremendamente difícil que puede ser soltar.
Durante ocho años, Stefanie intentó quedarse embarazada. Ocho años en los que toda su vida giró en torno a ese único deseo. Salvo su marido, nadie sabía nada de los tratamientos, de la presión ni del dolor. De puertas afuera eran la pareja perfecta, con éxito profesional y siempre una sonrisa en los labios.
¿Cuánto tiempo puede una persona seguir así?
En el caso de Stefanie, fueron ocho años. Después de la novena transferencia embrionaria sufrió una urgencia médica. Fue entonces cuando paró y se preguntó hasta dónde había llevado a su cuerpo durante todo aquel tiempo. En ese momento se hizo una promesa: a partir de ahora voy a tratarme bien.
Dejó de aferrarse a aquel deseo y empezó a imaginar una vida en la que también podía ser feliz aunque no llegara a ser madre. Ese deseo no se ha cumplido y a veces le produce tristeza. Aun así, hoy lleva una vida plena. Habla abiertamente de los miedos que tuvo entonces y de la huella que le dejó aquella etapa.
Hay algo que hoy haría de otra manera: se lo contaría a sus amigos y a su familia. Porque mantener las apariencias le costó casi más fuerzas que todo lo demás. Mostrar una sonrisa cada día cuando por dentro estás tan mal añade un peso enorme. «Me habría hecho las cosas mucho más fáciles», dice hoy al hablar de lo que habría supuesto compartirlo.
Stefanie ha decidido dar a conocer su historia. Quiere llegar a otras mujeres que estén pasando por algo parecido, para que busquen apoyo antes y se sientan menos solas con lo que les ocurre.
Aquella conversación me tocó muy de cerca, porque me reconocí en algunas de sus reflexiones.
Yo también me quedé demasiado tiempo en un entorno laboral tóxico, donde el acoso iba a más. Lo denuncié una y otra vez, y a veces también alcé la voz. Les conté a compañeros lo que estaba pasando. No sirvió de nada. Desde arriba protegían a quien me acosaba, y las personas de las que esperaba apoyo miraban hacia otro lado. Algunas incluso participaron.
En casa me guardé muchas cosas. Mi hijo estaba sumido en una depresión y yo quería estar a su lado y darle apoyo. Creía que, para hacerlo, tenía que mostrarme fuerte, y muchas veces fingí que todo iba bien.
Luché en dos frentes, alzando la voz en el trabajo y en silencio en casa. Ambas cosas me exigieron más fuerzas de las que me quedaban.
Y, aun así, me quedé. ¿Por qué?
Porque tenía esperanza.
Con cada transferencia, Stefanie pensaba: esta vez va a salir bien. Yo pensaba cada día: las cosas van a mejorar.
Nuestras experiencias son muy distintas. Lo que nos une es esa idea de que tanto aguantar tiene que merecer la pena algún día. Que después de tanto esfuerzo, tanto dolor y tanta paciencia, por fin tendría que salir bien.
La esperanza nos mantuvo allí.
Y es lógico que veamos la esperanza como algo bueno. Nos da fuerzas cuando no encontramos una salida. Pero también puede empujarnos a seguir intentándolo, aunque hace tiempo que sentimos lo mal que nos está haciendo. Reconocer ese punto y admitir que quizá nada vaya a cambiar cuesta mucho.
Hoy Stefanie habla de una vida feliz en la que también hay espacio para la tristeza por no haber podido ser madre. Y yo noto cuánto mejor estoy desde que salí de aquel entorno laboral.
Eso no significa que todo haya desaparecido. A veces vuelve la rabia hacia aquellas personas. Y sí, siendo sincera, también siento un poco de pena por mí misma. Entonces vuelvo a preguntarme por qué me quedé tanto tiempo y por qué nadie me protegió.
No tengo que apartar esas emociones en cuanto aparecen. Puedo darles un momento y, al mismo tiempo, recordar que hoy mi vida es otra. Aquellas personas ya no marcan mi día a día.
¿Existe entonces un momento adecuado para soltar? ¿Un instante que solo tenemos que saber reconocer?
No creo que sea tan sencillo. Cuando estás metida en una situación así, ves muchas cosas de otra manera que cuando la miras desde la distancia. Tienes esperanza, dudas e intentas seguir adelante con las fuerzas y los recursos que tienes en ese momento.
Pero hay algo que he aprendido y que quiero compartir contigo: puedes replantearte tus objetivos. Puedes pedir ayuda aunque todavía no hayas tomado una decisión. Y puedes dejar de perseguir un deseo si el camino para alcanzarlo te aleja cada vez más de ti misma.
No tienes que esperar a no poder más para darte permiso de tratarte bien.
Puedes escuchar la historia completa de Stefanie en nuestro episodio del pódcast, grabado en alemán y disponible en YouTube.