La trampa del favorcito

Una columna de Ramona Blanco García Wolff

«Bueno, el acta la escribes tú, ¿no? Que tú lo resumes todo muy bien.»

Una reunión. Cinco hombres, una mujer. Todos al mismo nivel, todos de igual a igual. Al menos sobre el papel. Y entonces llega esa frase. Y no va dirigida al compañero de la izquierda. Tampoco al de la derecha. Va dirigida a ella.

Y ella asiente. Claro que sí. Si lo hace encantada. Y encima le regalan un cumplido: «Es que lo haces mucho mejor que nosotros. Y además tienes muy bonita letra.» Y ella se lleva el cumplido a casa como premio de consolación.

El diminutivo más caro del mundo

¿Me haces un favorcito? Es un momentito. Una cosita de nada. La petición viene empaquetada en pequeño para que tú no parezcas enorme al lado. Quien dice que no a un favorcito queda como mezquina. Quisquillosa. Poco compañera.

Exactamente esa es la trampa. Nunca se trata de los cinco minutos. Se trata de quién está disponible por defecto.

Y nunca se queda en una vez. Quien asume un favorcito recibe el siguiente. En la próxima reunión ya nadie mira alrededor preguntando. Ya se sabe quién escribe el acta.

«Es que además es cliente tuyo»

Vacaciones. Por fin. No te esperas nada malo y entonces suena el teléfono.

«Oye, ¿no has mirado el correo?»

«No. Estoy de vacaciones.»

«Ya, ya lo sé, pero es muy importante. Es que además es cliente tuyo. Quiere una oferta. ¿Me la preparas para mañana?»

«Sí, claro.»

Es lo que se hace, ¿no?

O en casa. «Rellena tú este formulario, que tú esto lo haces mejor.» «¿Le puedes hacer esta gestión a mi madre?» «¿Me traduces esto un momentito? Tú que sabes idiomas.»

Siempre la misma melodía. Un favorcito pequeño, un cumplido incorporado. Y para evitar discusiones, pues dices que sí. Al final te arrepientes, pero ya lo has hecho. Todo el mundo contento. Y a ti te queda ese mal sabor. Esa amargura.

El cumplido es el cebo

«Es que tú lo haces muy bien.» Suena a reconocimiento. Pero es una factura que nunca se paga.

Porque qué curioso: esa habilidad tan especial no aparece luego en ningún aumento de sueldo. En ninguna ronda de ascensos. En ningún certificado. Te hacen el cumplido para que no puedas decir que no. Y para que, si lo dices, te quedes con mala conciencia.

Hay trabajo que te hace visible. Presentaciones, proyectos, cierres. Y hay trabajo que te mantiene invisible. Actas, colectas de cumpleaños, organizar, recoger lo que otros dejan. Adivina qué clase de trabajo acaba desproporcionadamente en manos de las mujeres.

Escribir actas no te hace visible. Te hace disponible.

Tragar y sonreír

No siempre son tareas lo que te endosan con un favorcito. A veces es una broma.

Una ronda después de una cena de negocios, ambiente distendido, una última copa. Y entonces un compañero suelta un chiste a tu costa. Delante de todos. Por debajo del cinturón.

Todo el mundo se ríe. O mira el vaso. También callan los que tendrían que decir algo.

¿Y tú? Tú, de tonta, en vez de decir algo, también te ríes. No quieres estropear el ambiente. No quieres montar una escena. Y, sobre todo, no quieres darle el triunfo de que te ha herido.

Conozco bien esa sonrisa. Es una sonrisa que quiere decir: no me importa lo que tú digas. En ese momento se siente como fortaleza. Como soberanía.

En realidad es un límite que nadie ve, porque tú misma lo haces invisible. Y tu sonrisa les enseña a todos los presentes la misma lección: esto no cuesta nada. La próxima vez, el chiste llegará un piso más abajo.

Porque al final sí que te han herido.

En algunas empresas, dejar a alguien en ridículo delante de todos se convierte casi en deporte. Y justo ahí es donde hay que parar. No hace falta un contraataque. No hace falta una escena. Hace falta cortar por lo sano.

Una frase tranquila: «Hasta aquí y nada más. Te has pasado. Y no te lo permito.»

Dicha en la misma ronda en la que cayó el chiste. Delante de los mismos testigos. Porque un límite solo funciona allí donde fue cruzado.

La mitad incómoda de la verdad

Y ahora viene la parte que yo misma tardé en querer ver.

La trampa del favorcito tiene dos lados. En uno están los que se hacen la vida fácil. En el otro estamos nosotras. Y nosotras ayudamos a mantener la trampa abierta.

Cada vez que asumes algo que otra persona podría hacer sola, le dices sin palabras: tú no sabes. Me necesitas. Ni lo intentes.

Tu sí permanente te sobrecarga a ti. Esa es una mitad. La otra: incapacita a los demás. El compañero no aprende nunca a escribir un acta. La persona de casa no aprende nunca a rellenar un formulario. ¿Para qué? Si estás tú.

Por eso poner límites no es dureza. Es cuidado. Por ti. Y por los que por fin pueden aprender a hacerlo solos.

Lo he vivido: quien deja de quitarle todo de las manos al otro le regala algo. Confianza. Y funciona.

La salida de la trampa

No tienes que pelear. Solo tienes que dejar de asentir en automático.

La pausa: «Déjame pensarlo un momento. Ya te diré.» Unas pocas palabras que te dan tiempo para comprobar si eso es de verdad tarea tuya.

La pregunta: «¿Y por qué yo?» Preguntado con amabilidad, en la reunión, mirando a todos. Te va a sorprender lo que provocan esas tres palabras. A veces silencio. A veces la respuesta honesta: no hay ningún motivo. Pues eso.

La rotación: «Lo he hecho las últimas tres veces. ¿A quién le toca ahora?» Ninguna acusación. Pura matemática.

Y cuando en vacaciones suena el teléfono: «Vuelvo el lunes. Entonces me encargo.» El cliente sobrevivirá. Prometido. Cuatro décadas en ventas me lo han enseñado: ninguna oferta que llegó un día más tarde ha destruido jamás un negocio.

Con la edad aprendes a diferenciar. A ver cuándo se están aprovechando de ti y cuándo de verdad hace falta que eches una mano.

Esa diferencia es todo.

Echar una mano es un regalo que tú decides. El favorcito automático es un impuesto que te cobran sin preguntar.

La trampa del favorcito se cierra cuando dices que sí en automático. La trampa de la sonrisa se cierra cuando sonríes en automático. Es el mismo mecanismo. Y se puede apagar.

Sin gritos. Sin maldad. Con una pequeña pausa antes de responder. Y con una frase tranquila cuando alguien va demasiado lejos.

De cómo tantos favorcitos acaban convirtiéndose en una carga para toda una vida hablé en «Todos me ven fuerte». Con esta columna empieza una nueva serie sobre límites en el mundo laboral. Habrá más entregas.

¿Qué favorcitos acaban siempre en tu mesa? ¿Y qué broma te has tragado últimamente con una sonrisa, aunque en realidad cruzara un límite?

Prueba la próxima vez con la pregunta: «¿Y por qué yo?» O con el corte: «Hasta aquí y nada más.»

Y escríbeme qué ha pasado.

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