Una columna de Ramona Blanco García Wolff
Se quedó toda una vida.
Como tantos otros. Hacer la maleta. Ganar dinero. Volver. Dos años como mucho. De Galicia a Alemania, porque la fábrica llamaba y la familia tenía que comer. Alfonso llegó. Y se quedó. Primero él, luego nosotros. Porque de dos años se hicieron tres, luego cinco, luego una vida.
En Alemania nos llamaban Gastarbeiter. Trabajadores invitados. Qué palabra. Como si las personas fueran invitadas de paso, a las que se devuelve a casa cuando la mesa ya está recogida.
A los Gastarbeiter se los toleraba. Porque hacían falta. Las fábricas funcionaban, las carreteras se construían, la economía rugía. Pero siempre había una cierta distancia. No se les hablaba en alemán de verdad. Se les hablaba en ese alemán rudimentario para extranjeros: «Tú venir. Tú trabajar. ¿Tú entender?». Como si fueran niños. Como si fueran menos.
Apenas había odio entonces. Campañas de odio, menos todavía. Lo peor era un ceño fruncido. Un comentario sobre el ajo. Una mirada que decía: «Vosotros sois distintos». Pero nadie quemaba residencias. Nadie gritaba consignas. Nadie aprobaba leyes contra ellos.
Entonces eso era el colmo de la xenofobia.
Lo escribo y me pongo triste.
Yo llegué con tres años. Segunda generación. Colegio. Formación. Universidad. Carrera profesional. Muchos de nosotros nos casamos con una alemana o un alemán. Más integración, imposible. A mí el idioma me lo regaló la escuela. Mi padre tuvo que ganárselo a pulso.
Nosotros, los hijos de los Gastarbeiter, lo tuvimos más fácil. ¿Pero formar parte de la sociedad? ¿Formar parte de verdad? En mi clase había como mucho dos niños de origen extranjero. Hoy ocurre casi lo contrario.
Entre nosotros, los hijos de migrantes, existía un mundo propio. Italianos, españoles, yugoslavos, croatas. Es asombroso lo bien que nos entendíamos. Incluso hubo matrimonios entre nosotros. Se formaban grupos, clubes, pequeñas islas de patria en medio de Alemania. Los españoles cuidaban su cultura, su literatura y su lengua. Muchos turcos querían hablar un alemán perfecto, tanto que algunos acabaron perdiendo su lengua materna. Recuerdo un estudio que decía que un joven turco dominaba entonces, como mucho, cuatrocientas palabras de su propio idioma.
Cuatrocientas palabras. Para todo un origen.
Cada grupo tenía su historia. Su manera de llegar. Su manera de quedarse. Y aun así, siempre estaba esa sensación de fondo. Los buenos puestos eran para los alemanes. No para los extranjeros. Una se conformaba. Una se adaptaba. Tolerados. Aceptados. No porque fuera justo. Porque no se conocía otra cosa.
Hace algún tiempo escuché un discurso de Pedro Sánchez. Hablaba de un barco. Personas que llevaban semanas sin poder lavarse, con la ropa hecha jirones y medio muertas de hambre. Varadas. Acogidas.
Y entonces dijo: «No hablo de los refugiados de hoy. Hablo de las familias españolas que huyeron de Franco. Que llegaron a Venezuela, a Argentina, a México. Que fueron recibidas con los brazos abiertos. Que reconstruyeron allí su vida».
Y luego lanzó una pregunta que se quedó flotando en el aire: «¿Qué hacemos hoy con quienes llegan a nuestra casa?».
Tuve que tragar saliva.
Hoy se queman centros de acogida. Hoy se gritan consignas de odio. Hoy se oyen palabras como «remigración». O se habla del «paisaje urbano» al referirse a personas. Nunca imaginé que volvería a escuchar un lenguaje así.
Entiendo que las fronteras necesitan reglas. Entiendo que quien ha sido acogido aquí y comete un delito pierde el derecho a quedarse. Eso no es racismo. Es una consecuencia.
Pero meter a todos en el mismo saco. Refugiados. Gastarbeiter. Europeos. Como si todos fueran lo mismo. Como si todos fueran una amenaza. Eso me deja sin palabras.
Quizá de esa incapacidad para distinguir nace el miedo. Quizá. Pero el miedo no puede ser una excusa para el odio.
He pasado casi toda mi vida en Alemania. Tengo dos almas. La española y la alemana. Si soy sincera, me siento europea. Ni una cosa ni la otra. Las dos. Y algo más.
Y cuando hoy oigo cómo se habla en público de personas como yo, con desprecio, con juicios de brocha gorda, con ese tono, siento un profundo extrañamiento.
En mi círculo de amigos no. En mi comunidad no. Allí soy simplemente yo. Allí nadie cuestiona quién soy.
¿Pero ahí fuera? Ahí fuera algo está hirviendo.
Mi padre quería quedarse dos años.
Se quedó toda una vida.
A veces me pregunto qué pensaría hoy.
Si tuviera que emigrar hoy, ¿vendría?
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Ramona Blanco García Wolff es empresaria, autora y fundadora de Leuchtturmfrauen.