La lealtad mata el amor propio

Sobre negociaciones salariales, una lealtad equivocada y el momento en que dejé de hacerme pequeña.

Una vez tuve un coach. Me pidió que escribiera 30 valores que me definían. Luego tenía que elegir los cinco más importantes.

La lealtad estaba en los 30. En los cinco, ya no.

Mi argumento: la lealtad mata otro valor. Uno que me importa más.

El amor propio.

No siempre lo vi así. Me llevó años entenderlo. Y dos dimisiones. Y una empresa que al final me soltó como si quemara.

Pero empecemos por el principio.

Era buena en mi trabajo. De verdad buena. 39 millones de facturación. Ese era mi número. No una suposición, no una corazonada. Un hecho.

Y aun así tenía la sensación de que nadie lo veía. Así que busqué otro trabajo. No como presión. Sino porque pensé: si aquí no me ven, busco a alguien que sí lo haga.

Entonces fui a ver a mi jefe. Con la carta de dimisión en la mano.

Él la rompió.

Y preguntó qué me habían ofrecido.

¿Qué sentí en ese momento? Una mezcla que no olvidaré nunca.

Alivio. No tenía que irme.

Y decepción. Porque me había ilusionado con el nuevo reto. Con el cambio. Con algo nuevo.

Me quedé. Y conseguí mil euros más. Eso pasó dos veces.

Las dos veces, porque sabía lo que valía. Y estaba dispuesta a demostrarlo.

Muchos años después, todo cambió. La empresa a la que tanto había dado ya no me quería. Me había vuelto incómoda. Demasiado cara quizás. Demasiado independiente. Y con 63 años, tal vez también demasiado mayor.

Entonces volvió ese sentimiento. Pero esta vez ya no era una mezcla.

Era rabia.

Rabia conmigo misma. Porque la misma persona que años atrás había roto mi carta de dimisión ahora me dejaba caer. Y yo había creído todo ese tiempo que la lealtad se recompensa. Que la fidelidad a una empresa vuelve de alguna forma.

No vuelve.

Mirando atrás, lo sé: debería haber escuchado más a mi voz interior.

En aquel entonces era mi mente racional la que tomaba las decisiones. Me decía: quédate, merece la pena. Me decía: sé leal, volverá. Me decía: un año más.

Pero había algo en mis entrañas que me decía otra cosa. Y lo ignoré demasiadas veces.

Cuando hoy repaso mi vida, me doy cuenta de que fue justo al revés. Las decisiones que tomé desde las tripas fueron las mejores. Las más valientes. Las más acertadas.

El intestino es el segundo cerebro. Y, en mi opinión, tiene un instinto más fino que la razón.

La lealtad a una empresa es una pérdida de tiempo. Lo digo así de claro porque así lo pensé cuando me di cuenta.

Una empresa no es una persona. No tiene memoria de lo que le has dado. Tiene resultados trimestrales. Presupuestos. Intereses que cambian.

La única persona a la que puedes ser realmente fiel eres tú misma. Y debes serlo.

Fui yo quien propuso la negociación de salida. Yo quien la llevó. Y yo quien la ganó.

Porque seguía sabiendo lo que valía.

Y porque había dejado de ocultármelo a mí misma.

Si ahora mismo estás ante una negociación salarial: los consejos concretos los encontrarás en mi artículo del blog.

Pero lo más importante está aquí.

Conoce tu valor. Guíate por tu intuición. Y sé fiel a ti misma.

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