Plumas de sobra

Plumas de sobra

Cuando vi a los jugadores argentinos lanzarse contra los españoles después de la final, algo se despertó en mí. No fue indignación. No fue estupor. Fue otra cosa.

De pronto, me vi transportada a mis dos últimos años de vida profesional.

Otros protagonistas. La misma rabia. Solo que, en lugar de puños, había palabras.

Lo que ocurrió después de la final entre España y Argentina dejó de ser un episodio deportivo. Fue una cuestión de carácter. Los jugadores argentinos se lanzaron contra los españoles. Los agredieron. Eran malos perdedores incapaces de controlar su rabia; necesitaban descargarla sobre los demás.

¿Y los españoles? No se dejaron provocar. No devolvieron los golpes. No hicieron alarde de nada. Simplemente ganaron. Con serenidad. Con dignidad.

No es casualidad. Estos chicos crecieron bajo la dirección de Luis de la Fuente, un entrenador que los conoce desde las categorías inferiores. Un hombre que no solo les enseñó táctica, sino también carácter. Los formó como personas capaces de apoyarse unas a otras. Sin egos. Sin poses de estrella. Un equipo que permanece unido y sabe que, sobre todo en los momentos difíciles, siempre puede contar con el compañero que tiene al lado.

Vi aquella escena y algo dentro de mí sonrió. No por los argentinos. Sino porque reconocí algo que conocía muy bien.

No del fútbol.

De la vida.

Lo que se aprende siendo invitada

Mis padres llegaron a Alemania como trabajadores invitados hace más de treinta años. Sabían que eran invitados. Y también sabían que no serían bienvenidos en todas partes.

Eso no los volvió amargados. Los hizo sabios.

Respetaron las reglas de este país porque entendían que el respeto también se demuestra adaptándose a las normas. Y cuando percibían que no eran bienvenidos, se marchaban. No por debilidad. Por dignidad.

Es algo que mucha gente no entiende. Retirarse no significa dejarse vencer. Es una decisión. La decisión de decir: merezco algo mejor que esto. Me voy donde se me valora.

Mis padres me enseñaron que el valor de una persona no depende de sus títulos, de su posición ni de su nacionalidad. Toda persona tiene el mismo valor. Punto.

Pero también me enseñaron algo más: que no hay por qué soportarlo todo. Que, cuando esos valores se vulneran, hay que hacerse respetar. Defenderse. Alzar la voz. Mantenerse firme.

Así crecí. Así me hice adulta. Así me hice fuerte.

La próxima generación

Esos mismos valores intenté transmitirlos a mi hijo.

Tiene una sensibilidad extraordinaria. Una empatía que, a veces, parece innata. ¿Puede aprenderse la empatía? No lo sé. Lo único que sé es que él la posee. Profunda. Auténtica.

Hoy ha elegido trabajar como educador social. Y cuando lo veo tratar a las personas, con esa capacidad para percibir lo que sucede entre líneas, siento un orgullo inmenso.

Pero también sufre. Cuando alguien traiciona su confianza o cuando presencia una injusticia, le duele más que a muchos otros. Eso lo ha heredado de mí: el sentido de la justicia. Él también se implica por los demás. Él también alza la voz cuando hace falta.

Y sí, también estoy un poco orgullosa de mí misma. Porque creo que conseguimos sembrar algo bueno.

Así es como funciona. Los valores no se transmiten con discursos. Se transmiten con el ejemplo.

El juego en la oficina

En mi vida profesional he visto demasiadas veces cómo personas sin principios pisoteaban a los demás. A mí también me pisotearon. Y también sufrí por ello.

Pero nunca perdí la dignidad.

Durante mis dos últimos años de vida profesional, algunos supuestos directivos descargaron toda su frustración sobre mí. Lo hicieron con palabras, no con puños. Pero las palabras también pueden golpear. A veces, incluso más.

A pesar de mi éxito. O quizá precisamente por él.

¿Qué había hecho? No me había dejado doblegar por sus maniobras de desgaste. Al menos, no en silencio. Y eso, al parecer, ya era una falta de respeto.

Una y otra vez me convocaban a reuniones cuyo único propósito era desgastarme. En cuanto desaparecía el plano profesional y todo se convertía en una cuestión emocional, cuando dejaba de hablarse de soluciones y solo importaba el poder, me levantaba y salía de la sala. No decía una sola palabra. Porque sabía que aquella conversación ya no conducía a ninguna parte.

Eso nunca me lo perdonaron.

Entonces llegó la frase:

—«De esta sala se sale cuando yo lo digo, no cuando tú quieras. Al fin y al cabo, soy tu jefe.»

Mi respuesta fue sencilla:

—«Perfecto. Eso habla mucho más de ti que de mí.»

Después de aquello, ya solo quedó la rabia.

Cada vez que veía una injusticia, cada vez que un compañero era tratado de forma desleal o alguien utilizaba juegos de poder que nadie necesitaba, alzaba la voz. Tomaba partido. No podía hacer otra cosa.

No siempre me gané amigos con ello. Y, con el tiempo, dejó de importarme. Porque la satisfacción de defender aquello en lo que creía siempre fue más fuerte que el miedo a las represalias.

Para algunos me convertí en una persona demasiado incómoda. Esa es la verdad.

Porque quien ocupa una posición de poder suele tener un objetivo muy simple: conservarla. Y quien dice en voz alta lo que los demás callan acaba convirtiéndose en una amenaza.

Para mí nunca se trató de poder.

Se trataba del objetivo. De la relación con el cliente. De la satisfacción de ver un proyecto salir adelante y comprobar que todos terminaban contentos. Que, además, aquello me proporcionara muy buenos ingresos era un bonus magnífico. Pero fue precisamente ese éxito el que despertó la envidia de algunos.

Hasta que un día escuché:

—«Quizá debería plantearse jubilarse.»

Catorce años en la empresa.

En otras palabras: discriminación por edad.

Yo no había hecho nada malo.

Y precisamente por eso no me fui como ellos esperaban.

Presenté a la empresa tres propuestas distintas para mi salida. En las tres había un punto irrenunciable: una indemnización acorde con mis catorce años de trabajo.

Porque así es como uno se marcha cuando conserva la dignidad.

No con la cabeza gacha.

Con las ideas claras.

Plumas de sobra

Y luego están esos otros momentos. Los silenciosos. Los que, con el tiempo, terminan dibujándote una sonrisa.

Alguien presenta una idea tuya como si fuera propia. El supuesto hacedor. Y tú permaneces sentada, tranquila, porque sabes una cosa: todos los que están en la sala saben perfectamente de quién fue realmente esa idea.

Yo simplemente sonreía.

No porque me diera igual.

Sino porque tenía algo que esa persona nunca tendría.

Tenía plumas de sobra.

Tengo suficientes ideas, suficiente experiencia y suficiente creatividad como para regalar unas cuantas a quien haga falta. Quien necesita apropiarse de las ideas de otros no dice nada sobre mi capacidad. Solo pone de manifiesto sus propias carencias.

Esa es la diferencia entre quienes simplemente ganan y quienes ganan con dignidad.

Hay personas que necesitan imponerse a los demás para sentirse vencedoras. Otras no necesitan derrotar a nadie. Simplemente son quienes son.

Y eso basta.

Lo que la final me dijo

Los jugadores españoles me recordaron algo que ya conocía por mi propia vida.

No hablo de sus habilidades futbolísticas.

Hablo de su actitud.

Me recordaron que se puede ser fuerte sin empequeñecer a los demás. Que se puede ganar sin arrogancia. Que uno no tiene por qué dejarse provocar, aunque el otro haga todo lo posible por conseguirlo.

Y también me recordaron que esa clase de fortaleza no cae del cielo.

Se aprende.

La enseñan los padres. La enseñan entrenadores como Luis de la Fuente. La enseñan todas esas personas que no solo educan a los jóvenes para ganar, sino también para vivir.

La verdadera pregunta no es quién ganó.

La verdadera pregunta es cómo ganó. Y cómo perdió.

Porque, al final del día, cuando se apagan los aplausos y las copas descansan en la vitrina, solo queda una cosa.

El carácter.

Y el carácter no se demuestra en la victoria.

Se revela cuando todo sale mal.

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