Voy en el coche, camino de Carintia. Por delante tengo dos semanas de montañas y lagos. El paisaje se va haciendo más grande, la carretera cada vez más sinuosa, y por los altavoces suena Gregory Porter.
If Love Is Overrated. Una canción sobre eso que dicen, que el amor está sobrevalorado. Y sobre que él, puestos a elegir, prefiere ser el ingenuo que sigue creyendo en él.
Y de repente siento ese calorcito por dentro. Así, sin más, en mitad de la autopista.
Un desconocido canta mi vida
Hace un tiempo escribí una columna sobre que yo doy a la gente un voto de confianza. Que nueve de cada diez me decepcionan y que aun así no cambio nada, porque el que queda lo vale todo. Me costó escribirla. Busqué ejemplos, cambié frases de sitio, me pregunté si estaba haciendo el ridículo.
Y ahora voy por una autopista y un hombre al que no he visto nunca me canta esa misma actitud en cuatro versos. Sin explicaciones. Sin ejemplos. Simplemente da en el clavo.
Ese es el momento en que ocurre el arte. Alguien está en un estudio en otro huso horario, canta algo muy suyo, y años después una mujer va en un coche por Austria y piensa: exacto. Así es.
Lo que nos regalan las personas creativas
Hablamos mucho de utilidad. De cifras, de resultados, de eficiencia. La música no es nada de eso. Una canción no construye una casa ni cura una enfermedad. Hace algo contigo. Y eso es lo que queda al final.
Los éxitos funcionan en el momento en que ocurren. A una fortuna te acostumbras rápido. Pero una canción con un mensaje así funciona una y otra vez. Cada vez te da ese calorcito por dentro y le dice al alma: todo va a ir bien. Ese sentimiento no lo consigue el dinero. Al menos a mí no.
Qué generoso es eso, si lo piensas. Una persona coge algo que lleva muy dentro, le da forma y se lo entrega a desconocidos. Nunca sabe dónde va a acabar. No sabe que una mujer estuvo en uno de sus conciertos después de una fractura vertebral y durante un rato se olvidó del dolor. No sabe que alguien consiguió superar una separación gracias a una de sus canciones. Él simplemente canta. Y lo demás ocurre dentro de nosotros.
Creo que damos las gracias por esto demasiado pocas veces. Así que ahí va: gracias, Gregory. Hoy has hecho muy feliz a una española camino de Carintia.
Ingenua no es un insulto
Ser ingenua suele ser un reproche. Si eres ingenua, es que no te has enterado. Se aprovechan de ti. Ingenua es la forma educada de decir tonta.
Pero hay dos clases. Una no conoce el mundo. Cree en lo bueno porque nunca ha vivido otra cosa. La otra conoce el mundo perfectamente. La han decepcionado, la han engañado, se han aprovechado de ella. Y aun así decide volver a creer en lo bueno.
Esa segunda clase no es tontería. Es valentía.
Y cuando alguien, con cuatro décadas de vida laboral, unas cuantas rupturas y algunas cicatrices, sigue decidiendo acercarse a la gente con el corazón abierto, eso ya no es ingenuidad. Es una forma de estar en el mundo. Pero si alguien aun así quiere llamarlo ingenuidad, adelante. Pues seré yo la ingenua. Y me siento muy a gusto así.
Villach, sin entenderlo todo
Y entonces llego. Villach, a orillas del Drava. Una ciudad romántica, con un río que la atraviesa, montañas alrededor y gente cuyo dialecto, por mucho que me esfuerce, no siempre consigo entender. Pillo quizá la mitad de las palabras.
Pero la calidez la entiendo enseguida. Esa no necesita traducción. Un tono de voz, una risa, la manera en que alguien te pone algo delante sin que lo hayas pedido. Eso llega, aunque la frase te pase de largo.
Por cierto, esto yo lo conozco desde el otro lado. De niña llegué a un país cuyo idioma no hablaba. Entonces no leía las palabras. Leía la temperatura. Quién era amable y quién no, eso lo sabía mucho antes de entender mi primera frase en alemán. Los niños saben hacer eso. Y por lo visto no se olvida.
Quizá por eso funciona también la música. Va por el mismo camino. No necesita que entiendas nada. Te llega directamente.
Dos semanas de domingo
Por delante tengo ahora catorce días de montañas, agua y el sonido de una lengua que no es la mía. Voy a leer, a mirar, a comer y a bañarme en alguno de esos lagos preciosos. El Faaker See, el Ossiacher See. Y probablemente voy a hacer demasiadas fotos.
Y si en estas dos semanas la vida quiere volver a recordarme que es mejor desconfiar de la gente, subiré el volumen de Gregory Porter. Y seguiré siendo ingenua. Hasta ahora me ha compensado.
De por qué doy a la gente un voto de confianza pese a todas las decepciones hablé en «Nueve de cada diez».
¿Qué canción te llega al corazón por muchas veces que la escuches? ¿Y cuándo fue la última vez que un desconocido te pilló por sorpresa con su arte? Escríbemelo. Necesito música nueva para el viaje de vuelta.
Ramona Blanco García Wolff es empresaria, autora y fundadora de Leuchtturmfrauen.